Miércoles, Noviembre 22, 2017

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La modernidad pegada con saliva

huracan maria

Luego del paso del huracán María sobre Puerto Rico y las consecuencias tan impactantes que ha tenido sobre nuestras vidas, surgen interrogantes que no podemos evadir y que exigen respuesta. No basta con volver a la precaria “normalidad”, que fue precisamente la que voló en pedazos tras la estampida interminable de rinocerontes furiosos que nos pasó por encima.

 



Puerto Rico ubica en la ruta de huracanes tropicales muchísimo antes de que los humanos habitáramos esta tierra. Hay temporada de huracanes anualmente, durante seis meses. Conocemos desde tiempo inmemorial la capacidad destructiva de los vientos huracanados. Sabemos que las zonas inundables lo son, precisamente, porque se inundan cuando llueve intensamente. Hemos padecido en distintos momentos de nuestra historia la desolación fruto del paso de un huracán. Conocemos las pruebas irrefutables de la influencia del calentamiento global sobre los fenómenos atmosféricos:

Entonces, ¿cómo se explica la fragilidad escandalosa sobre la que se sostiene esta sociedad pretendidamente moderna y primer mundista; que la infraestructura de este país esté como pegada con saliva; tanta zozobra, que no es consecuencia de un desastre natural, sino de un desastre social?

El país a oscuras. Postes de concreto hechos polvo; los de madera, picados como palillos de dientes; los de aluminio, doblados como un ocho. Las calles y avenidas colmadas de cables telefónicos y eléctricos, como inmensos criaderos de serpientes. Según sus constructores y los ingenieros a cargo, ¿qué intensidad de vientos soportan? ¿No es evidente que la cablería debe ser soterrada para evitar ese desmadre y despilfarro de recursos?

El país incomunicado. Miles de torres y antenas de radio, televisión y teléfono celular destrozadas. Aún no conocemos mucho de lo que nos ha sucedido, sobre todo en los puntos más alejados de las grandes ciudades. ¿Sabían algo de huracanes quienes las instalaron, o simplemente las amarraron de tres alambres y ya, porque la preocupación de las transnacionales de la telefonía ha sido que les compremos un teléfono “inteligente”, aunque luego no funcione?

El país en un lapachero. Calles y avenidas inundadas, aun en los lugares más inusitados. Miles de casas sin techo. Desbordamiento de ríos y quebradas. Techos, ventanas, planchas de zinc aglomeradas. Caídas de puentes, carreteras y caminos. Los embalses, ahora más sedimentados que antes, constituyen un peligro de inundación para muchas familias. ¿Por qué se permite la construcción en áreas inundables, para lamentarnos cuando se inundan? ¿Cuánta supervisión hay sobre carreteras, caminos y puentes? ¿Y sobre la construcción de casas y edificios?

El país paralizado. Casi tres millones de vehículos de motor, muestra de la privatización del transporte a la que nos han conducido, sin combustible. Filas interminables en las estaciones de gasolina que funcionaban. Camiones cisterna que no llegaban. Desesperación por conseguir gasolina para las ruidosas plantas eléctricas que poseen algunos privilegiados. Cero transporte colectivo.

El país hambriento y sediento. La comida que no aparece, aunque alegaban que los furgones estaban en el puerto. Supermercados, restaurantes y cafeterías cerrados. Las estufas sin electricidad ni gas. El agua potable o no potable, escasea. ¿Cómo es posible que las autoridades correspondientes no tomaran medidas preventivas sobre algo tan esencial como la comida y el agua?

Hospitales, escuelas, universidades, aeropuertos, centros comerciales, paralizados. El colapso de un modelo de sociedad que ya venía  haciendo agua y que ahora ha hecho crisis.

Mucho de lo que ha sucedido, se ha podido evitar.

Reconozcámoslo, este es un país mal hecho, víctima de la negligencia y corrupción, sin planificación, improvisado; modernidad y progreso con pies de barro. María nos ha mostrado la chapucería de país edificado durante las pasadas décadas.

Recién llegan los redentores del norte, encabezados por un presidente indeseable, insensible e irrespetuoso. Mientras tanto la gente va inventando soluciones, satisfaciendo carencias, ofreciendo opciones, sin esperar a que a las agencias se les ocurra hacer algo.

Hay que rehacer a Puerto Rico. Pero no para regresar a la “normalidad” del día antes de María. Nuestro pueblo no merece sufrir tanto desasosiego por culpa de quienes han hecho las cosas tan mal, por tanto tiempo. Corresponderá al propio pueblo hacerlas bien, si se lo propone. Talento nos sobra.

Y ganas de vivir y ser felices, también.


Fundación Juan Mari Brás

 

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